Jesús nació en el silencio de una noche fría, mas en el Cielo todo era alabanzas y glorias: había nacido el Salvador. Esa alegría fue comunicada a los pastores que apacentaban el rebaño cerca de Belén y fue manifestada a los reyes que vinieron de oriente guiados por la Estrella. Solo a unos pocos se les dio a conocer tan gran noticia. Esto puede llevarnos a reflexionar acerca del obrar de Dios en nosotros. Porque las grandes cosas suceden muchas veces en el silencio del corazón y en la soledad de nuestro camino. Es allí donde el Amor de Dios se nos revela más grandemente, porque todo lo que viene de Él va al corazón y al espíritu que se hace capaz de disponerse para poder comprender y recibir. El Amor despliega sus gracias y dones en el corazón que permanece en silencio y quieto, alejado de ruidos, atento a su acción poderosa.
La Epifanía se nos revela profundamente cuando dejamos que Dios nos visite y nos ilumine con el resplandor de su Gracia que se nos regala en todos los momentos de nuestra vida.
